Un cuento es capaz de condensar en su brevedad el aliento ronco de un gigante y el suspiro leve de un mosquito.
Ahí reside su grandeza, o al menos así lo considero yo.
A menudo se ha tachado al cuento como un género literario menor, como algo fantástico y poco serio, ¡son cosas de niños!, como si eso fuera algo de poco valor. Los niños son los hombres y las mujeres del futuro, ¿cómo no tratar su lectura con sumo respeto y atención?
En nuestra necesidad de catalogar todo hemos puesto al cuento a la cola de los géneros narrativos, ¿será tal vez por su brevedad?, como si el número de hojas estuviera reñido con la calidad o profundidad del mensaje, la musicalidad de la lectura, la complejidad de las imágenes o la belleza de los símbolos.
Un apunte a tener en cuenta: el cuento es el género literario más antiguo del que se tiene constancia. Al principio todo fue cuento mezclado con mitos y leyendas. Eran palabra viva, puesto que se repetían de generación en generación para afianzar valores, infundir miedos o reforzar aprendizajes; y en esa necesidad de ser repetidos fue como se construyó su forma; la brevedad para ser recordados.
Un cuento es bueno si es memorable.
No fue hasta el siglo XIX y XX cuando el cuento tomó valor puesto que de él se sirvieron grandes leyendas de la literatura como forma de su expresión artística, autores de la talla de Benito Pérez Galdós, Valle-Inclán, Julio Cortázar, Luis Borges o Gabriel García Márquez; Edgar Allan Poe u Oscar Wilde.
El autor de cuentos debe apoyarse en la característica principal de este, su brevedad, para crear al lector una sensación de intensidad y así aislarlo, obligándole a que siga leyendo y se abstraiga de su entorno para que, una vez acabado el cuento, vuelva a conectar con esa realidad sobre la que estaba leyendo de una manera totalmente renovada, más profunda y hermosa.
Los autores de cuentos inventamos relatos para recrear el espíritu del lector, para hablar sobre lo bueno, lo malo, lo bello o lo horripilante; para explicar las cosas que nos rodean desde otra perspectiva; para alimentar el alma de imaginación y esperanza.
Demos valor al cuento.


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